La seguridad de ser responsable

ImagenMe siento un poco aturdido por el frenazo, y por las caras de mis dueños, hay razones de sobra para sentirse así.

 Los niños, mis hermanos de dos patas, lloran a mares. Marcos me abraza mientras sigue llorando a lágrima viva. Mi dueña entra por la puerta de atrás y nos abraza a los tres, con lágrimas en los ojos, intenta con esfuerzo que los niños aparten la vista de la carretera y mi dueño, le grita a una señora que se va corriendo.

 Hay algo en la carretera, que no veo muy bien, porque los esfuerzos de mi dueña porque ni los niños ni yo veamos lo que hay en el suelo, están haciendo efecto.

Veo a mi dueño hablar por teléfono, sé que está nervioso, como lo estamos todos dentro del coche.

Mi dueña suspira, y entre sollozos la oigo bendecir el cinturón de seguridad, la silla de los niños, mi arnés de seguridad y todos los elementos que según, ella, nos ha protegido de algo aún mucho peor.

No sé cómo puede ser peor, si todos están a lágrima viva, como si algo terrible hubiera pasado.

Debe ser terrible para ellos, pero quizá no para la señora que se ha ido corriendo sin mirar atrás.

Los niños se están quedando dormidos, el agotamiento de tanto llorar y el disgusto les está haciendo efecto. Con los niños un poco más calmados, mi dueña se dirige a mi, aún con los ojos inundados de lágrimas. Yo le muevo el rabo, para que ella sepa que cuando llora también creo que sigue siendo la más bonita y la más buena. Me da caricias, que recibo con gusto, mientras suspira diciendo que es una pena que la gente no sepa valorarnos, que la gente no tenga precaución, que no nos quiera lo suficiente como para tener más cuidado.

Le lamo las lágrimas, no sé cómo será esa gente de la que habla, pero le quiero dar las gracias por no ser como ese tipo de gente, porque lo que cuenta de ellos, suena realmente mal.

Mi dueño sigue afuera, con la cabeza gacha, frente al bulto de la carretera y aún enganchado al teléfono. Aprovechando que los niños se han quedado dormidos de tanto llorar, mi dueña sale con él a consolarlo, momento en el que aprovecho para asomarme por la ventana, que han dejado abierta mientras estamos parados en la carretera y poder enterarme de lo sucedido.

 El bulto del suelo es un congénere mío, sus ojos no responden a los míos, no se mueve. Está muerto.

Consigo escuchar la conversación que mi dueño mantiene por teléfono. La señora que huyó corriendo era su dueña, paseaba junto a él y otros dos perros por la carretera, y todos ellos, iban sin correa, andando por dónde les apetecía.

A pesar de que mi dueño no es de correr con el coche, el perro, el que yace dormido para siempre en la carretera, estaba en medio, era pequeño y de noche. Cuando lo vio, ya era demasiado tarde.

Mientras lo cuenta, necesita coger aire, apenas puede respirar, sé que se siente culpable.

Por eso gritaba a aquella señora, para que le ayudara, pero ella se fue, dejando allí a su amigo.

Mi dueña vuelve a bendecir el cinturón de seguridad, y bendice que mi dueño nunca corra en la carretera, dice que podría haber sido mucho peor, que por suerte ni ellos ni nosotros estamos heridos. Lo dice para consolarse, pero cuando mira de nuevo a la carretera, estalla de nuevo en un llanto angustioso.

Ellos no podrán dormir pensando en el cadáver de mi congénere, en la señora que huyó sin su perro, en el fatídico accidente que pudo acabar peor, en un accidente que pudo no haber ocurrido si la señora hubiera sido un poquito más responsable.

Me tumbo en el coche de nuevo, y apoyo la cabeza en mi hermano humano, que sigue durmiendo agotado después del susto, les miro pacientemente y pienso en ese pobre perro sin vida en la carretera, y en lo afortunado que soy por tener unos dueños responsables y en por qué la gente no será más consecuente con sus animales.

Cierro los ojos, y dando gracias, me vuelvo a dormir.

 

Ésta historia, está basada en una historia real ocurrida a un socio de Málaga Perruna, por suerte no es una historia tan trágica como la que contamos, pero es una historia que podría haber ocurrido parecida o peor.

¿Por qué la contamos y por qué la contamos así? Porque es importante ser responsables, porque tenemos que velar por la seguridad de nuestros perros y por su bienestar.

Porque ellos, sí, necesitan un poco de libertad, pero ésta libertad no tiene porque truncarles la vida a ellos, ni a los que convivimos con ellos.

Andar sueltos por la calle, es exponerlos a los peligros del tráfico, es exponerlos a causar un accidente donde tanto el perro, como los humanos que vayan en el coche, puedan sufrir serios daños, o morir.

Porque no hay que dar la espalda a los problemas, ni huir, porque tenemos que ser responsables de nuestros perros, por su seguridad y la de los demás. Porque si queremos que se nos trate como ciudadanos, primero, nosotros hemos de serlo y nos lo hemos de ganar.

 

Sé responsable, sé ciudadano.

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Un comentario en “La seguridad de ser responsable

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