Vivir en la calle.

Hera, una cachorrita rescatada de una manada en el Guadalhorce espera un hogar donde crecer feliz.
Hera, una cachorrita rescatada de una manada en el Guadalhorce espera un hogar donde crecer feliz.

Más de una vez habremos escuchado decir que, para un animal, es mejor “vivir en la calle que en una protectora”, que “son libres” o que “saben buscarse la vida”. Y si normalmente podemos afirmar que lo hemos escuchado decir de un perro, aún es más habitual cuando se trata de gatos, conejos…

La realidad es muy distinta. La vida en la calle de un animal no dista mucho de lo que supone vivir en la calle para una persona.

Tanto si se trata de un animal que ha conocido un hogar y se lo han arrebatado abandonándolo como un animal que no ha conocido uno antes (perros dedicados a la caza, animales que han nacido en la calle) cada día en la calle es una batalla por la supervivencia, además de ayudar a que el problema de la superpoblación de animales se acreciente.

La superpoblación, como ya hemos dicho en muchas ocasiones, es el origen y punto de partida del problema del abandono en nuestro país. Hay demasiados animales, y seguimos trayendo más animales al mundo que terminan por condenar a otros. Empezando por las camadas deseadas o indeseadas de particulares “que quieren vivir la experiencia de tener cachorritos de su perrito o perrita” o que “se les ha escapado o han tenido un descuido” y terminando por los pobres desgraciados que vagan por las calles y que siguen trayendo al mundo camada tras camada. Animales que, si son callejeros, es porque alguien algún día los abandonó.

La vida en la calle es muy dura, y eso se hace patente en su estado físico. Los que disfrutamos de la vida con un animal observaremos que estando bien alimentado y cuidado, el pelo de nuestro amigo brilla con fuerza. Su aspecto corporal es envidiable, o incluso los tenemos gorditos porque es imposible decirle que no cuando piden un poquito más de comida.

Pero si te fijas en cualquiera de esos perros que viven en rotondas, polígonos industriales, cauces de rio o lugares perdidos por el monte.. verás perros delgados, con calvas, con el pelo pobre, sin brillo. La vida en la calle pasa factura y la mayoría de esos pobres ni siquiera llegará a viejo.

El peligro más inminente es el de ser atropellado, o terminar víctima de algún indeseable que decida en un momento desfogar su ira y rabia contra un pobre inocente que se encontraba en el lugar equivocado, frente al humano equivocado.

Pero ese no es el único peligro al que se enfrentan. Comen de los restos de la basura siempre que encuentren algo que comer y que nunca es suficiente para todos. Están expuestos a múltiples enfermedades y parásitos que les harán enfermar y acabarán con su vida si alguien no los saca de allí. Y cuando les queden algunas fuerzas, tendrán una camada tras otra multiplicando el número de animales sin control haciendo imposible rescatarlos a todos. Un esfuerzo físico que los malgastará, especialmente a las hembras que terminarán dejándose morir en cualquier rincón con el cuerpo exhausto.

No hay que irse muy lejos para encontrarte situaciones como las descritas. Como la manada de perros que hemos difundido en más de una ocasión que malviven en el Guadalhorce y que siguen trayendo una camada tras otra, a pesar de que se intenten rescatar o se intente evitar.

Venus, una de las mamás de la manada del Guadalhorce espera un hogar.
Venus, una de las mamás de la manada del Guadalhorce espera un hogar.

Hembras dejándose morir exhaustas de tanto parir, como Venus, que se marchó aun rincón a dejarse morir de puro cansancio y que ahora espera un hogar, o como Negrita, perrita rescatada hace unos años que se la rescató casi en el último aliento para ser operada de urgencia por una piometra causada de tanto tener cachorros tras cachorros. Negrita pudo encontrar su hogar, pero casos como el suyo o el de Venus están a la orden del día.

Son miles los animales que podemos encontrar malviviendo en las calles, gatos atropellados, que se pelean entre sí, que siguen reproduciéndose en las calles, enfermando, conejos desechados al campo al que nunca pertenecieron y que no saben protegerse de los depredadores o buscar comida…

Los seres humanos nos hemos dedicado a domesticar a distintas especies para usarlas en nuestra conveniencia. Los hemos domesticado para que nos ayuden a cazar, a conducir el ganado, a protegernos, a detectarnos enfermedades, a rescatarnos o simplemente a hacernos compañía.

Como responsables de su domesticación, tenemos un deber que cumplir con ellos. Cuidarles, no abandonarles y ser responsables con sus vidas, su presente y su futuro.

Después de todo lo que nos han dado y nos dan a diario, se lo debemos.

Si quieres conocer más a fondo el caso de la camada del Guadalhorce y quieres ayudar, entra en la página de Facebook S.O.S Guadalhorce.

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