Elegir a nuestro perro

Nuestro principal sentido es el de la vista, y en muchas ocasiones así lo dejamos patente cuando escogemos un perro al que vamos a introducir en nuestra vida y nuestra familia.

Nos guiamos por lo bonito que es, por la mirada que observamos tan tierna, por la raza que estéticamente nos parece tan bonita, incluso por el tamaño que percibimos.
Pero siempre lo basamos en nuestro sentido de la vista. Es lo primero que vemos.

Si dejásemos que otro de nuestros órganos, el cerebro, entrase en acción en éstas ocasiones, quizá se evitarían muchos (o la mayoría) de los problemas que luego nos encontramos cuando adoptamos o adquirimos un perro.

También entra en juego, especialmente cuando hablamos de adopciones, nuestros sentimientos, la empatía que sentimos hacia los que sufren, nuestra compasión por los animales necesitados. Y no es malo que la dejemos salir a la luz, porque eso implica un nivel de conciencia tan importante que se convierte en un grano de arena que sigue construyendo la montaña que quizá algún día acabe con el abandono y el maltrato animal.

¿En qué debemos basar nuestra elección? Obviamente, no sólo en lo guapo que nos parezca, ni tampoco en lo que nos haga sentir. A veces, la mayoría, deberíamos pensar también en lo que podemos abarcar.

Deberíamos pensar en qué animal se adapta a nuestra vida, a nuestro modo de entenderla, a nuestra energía, nuestras costumbres o nuestra ocupación.

No tiene sentido, por ejemplo, incluir en la familia a un perro activo cuando te has casado con el sofá de tu casa. Quizá crees que eso te obligará a salir más y a volverte más activo. Olvídalo. Lo harás al principio, pero luego volverás a la rutina de tu sofá y tu animal activo quizá se convierta en un perro que, a falta de ejercicio, termine destruyendo ese sofá que tanto amas.

Quizá tu nivel de implicación hace que realmente cambies tus hábitos, pero seamos honestos, rara vez ocurre.

Lo mismo puede ocurrir a la inversa. Si te gusta correr y hacer ejercicio intenso y prolongado… quizá no deberías incluir en tu familia a un animal que físicamente no pueda aguantar tanto ejercicio. Tendrás un perro que acabará con su salud dañada y eso, en resumen, puede terminar realmente mal.

Podríamos eternizarnos hablando de la conveniencia o no de cada animal con el que queramos compartir nuestro día a día… pero lo realmente importante, con todo ésto, es que tenemos que pensar en lugar de solo mirar o sentir. Y pensar mucho.

Si adoptas un cachorro, deberás preocuparte de enseñarle desde cero y con muchísima paciencia, deberás saber que muerden cosas, rompen, se hacen pis y caca por doquier, deberás aprender cómo es su desarrollo para entender por qué hace una cosa u otra.

Si adoptas a un adulto, deberás preocuparte de que su adaptación sea adecuada y sí, también lleva tiempo, a veces mucho.

Si adoptas a un animal miedoso deberás saber cómo tratarlo o aprenderlo, si adoptas a un perrete enfermo deberás conocer su enfermedad… y así hasta el infinito.

PENSAR, PENSAR Y PENSAR, es lo más importante cuando quieres compartir tu vida con un animal sin equivocarte y sin hacerle pagar al pobre animal que sólo te hayas guiado por la vista. Por desgracia, ya hemos visto todos demasiados cachorros devueltos porque rompen, demasiados perros activos devueltos porque se vuelven incontrolables por no salir, demasiados perros devueltos porque no entienden su enfermedad ni la quieren tratar… en definitiva, demasiados perros devueltos por no pensar.

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Un comentario en “Elegir a nuestro perro

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